LA COLUMNA DEL PADRE RAMÓN

Así es California. Cada vez que estrenamos año, estrenamos leyes. Ya no será como en años pasados que estrenábamos ropa. Esta vez, y probablemente de ahora en adelante, seguiremos con la misma o tendremos que enseñar nuestras vergüenzas.

No puedo detenerme a considerar y explicar todas las leyes de este año 2022. Algunos titulares de noticias hablan, coincidencialmente, de 22 nuevas leyes. Esperemos que esta coincidencia sea únicamente para este año. ¡Imagínese lo que sería entonces para el 2050 o si deciden completar los cuatro números! Lo cierto es que el número de leyes es mucho más que 22, se estima que más de 150 nuevas leyes entren en vigor para este año.

Como es lógico, unas cuantas de ellas están relacionadas con la pandemia del Covid-19. Otras son relativas a la transportación por las calles y carreteras de California. Por ejemplo, podremos encontrarnos con lugares que la velocidad máxima estaría entre 10 ó 15 millas por hora y no tanto las 25 que vemos ahora.

De entre todas las leyes que nos traerá Santa Clós, a la que particularmente quiero referirme es a la que tiene que ver con los desechos orgánicos. No es la única que va orientada a nuestra responsabilidad con el planeta, pero es una que va a incidir en nuestras vidas de una manera directa e inmediata.
Si una cosa caracterizó el gobierno pasado fue su irresponsabilidad con el medio ambiente. Esto contrastaba con la carta encíclica “Laudato si’!”: «Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla.”

Cuando se escribe una encíclica, aunque es una carta dirigida a todos, suelen poner destinatarios. Con esta fue diferente. Lo cual al mismo tiempo no es novedad. Precisamente, en el número 3 de la carta el Papa Francisco entra en esos detalles y concluye: “En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común”.

El mexicano bien lo sabe, nadie es monedita de oro. Y cada uno es dueño de su real gana para que le guste o no le guste una persona. Lo que no logro entender es cómo entre nosotros, en el hemisferio norte para ser más concreto, las disidencias contra un Papa han sido tan vocales como nunca se habían visto en los últimos 50 años. ¿Razones? La verdad es que no logro entenderlas. Lo que no puedo negar es que detrás de ellas hay razones de intereses políticos y económicos de por medio.

Nos guste o no, sólo tenemos una tierra, un planeta. Y hablando para entendernos, la ley de Lavoisier aplica en este caso: de la manera cómo vamos actuando la vida en el planeta será imposible dentro de muy pocos años. O sea, la tierra seguirá dando vueltas alrededor del sol y con éste en la Vía Láctea. Pero las condiciones optimas para la vida se habrán terminado con ella. Ese no es nuestro futuro. Es nuestra triste realidad presente. Es la consecuencia de la poca importancia que damos a la huella carbónica de nuestras acciones.
Disponer de los desechos orgánicos de una manera que puedan ser reutilizados para preparar compost es poco, es cierto. Pero ya es algo. Empieza cambiando nuestros vicios, reeducándonos, para vivir de una manera más holística, siendo parte responsable de ese todo que es nuestra tierra.

Hay tantas tonterías que hacemos para final e inicio de año: que si ropa nueva o interiores de color, 12 uvas, salir con maletas, etc… si no nos hacemos responsables de la tierra en que vivimos, esas tonterías dejarán de tener sentido.

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