Trabajó con los antiguos hacendados del pueblo
Su esposo terminó con el latifundio de las tierra.

Por: Francisco Estrada

Doña Mónica Valeria Porras, de 95 años, residente de San José del Progreso, es una de las pocas historias vivientes que quedan en Oaxaca.

No obstante su edad, Doña Valeria, todavía no depende de nadie, hace todas sus cosas por sí misma , nunca puede estar sentada, creo que esta actividad rutinaria de su vida le ha dado las fuerzas necesarias para vivir tanto tiempo.

“ Si dios me da vida y salud, quiero llegar a los 100 años “ dice la abuelita, quien junto a sus dos hijas Coqui e Iraís se encontraban preparando los ricos tamales para la cena familiar de la pasada noche buena.

Ella enviudó hace 34 años y en actualidad tiene 6 hijos, uno fallecido. Entre nietos, bisnietos y tataranietos tiene más de 60.

A pesar de su longevidad, goza de una excelente memoria para recordar grandes pasajes de su vida personal así como la historia de su pueblo, San José del Progreso, por casi una centuria.

Pero doña Valeria no solamente es patrimonio de la historia de Oaxaca, sino también su esposo David González, quien fue alcalde por 25 años de San José del Progreso. También ocupó el cargo de comisariado, autoridad que se encargaba de administrar y gobernar todas las tierras de la comarca.

Durante su gestión como autoridad municipal,
David González, terminó con el último vestigio que quedaba del latifundio por los años 1930 en su pueblo. Prácticamente con él terminó la época de las haciendas y de los hacendados que eran los dueños de todas las tierras del pueblo así como los abusos de los capataces.

Dona Valeria nació en 1924 en la comunidad de La Lagarzona, a los seis meses de nacida fue llevada a San José del Progreso, y vivió en la mina al lado de su padre.

Su papa trabajó en la antigua hacienda , y por esta razón desde muy niña frecuentaba a la familia poderosa de esa época. Más adelante ya siendo una señorita logró trabajar como lavandera del hacendado.

“Yo fui la lavandera del patrón, me mandaban la ropa sucia un día y al día siguiente tenía que tenerlas lista para la muda, en épocas de fiesta se cambiaba hasta tres mudas por día “ recuerda Valeria.

Agrega “ El patrón se vestía muy elegante, su pantalón lo constituía un calzón de manta blanca con camisa …ya después fueron guayaberas y pantalon blanco”.

De la antigua hacienda que se encuentra en centro de la ciudad, hoy sólo queda unas enormes ruinas de adobe y quincha con tres grandes patios. Pero como recuerdo viviente de ese suntuoso local colonial, a la fecha queda todavía la capilla que hoy los feligreses lo utilizan como su iglesia.

Al recordar de la época de esplendor del local de la hacienda, Valeria recuerda que era muy amplia, tenía tres patios grandes, con viviendas para la familia del patrón, además contaba con su propia capilla y hasta un cementerio familiar .

En épocas festivas, en ese local se hacían grandes fiestas y para la comida se mataban varios animales, entre vacas y becerros. Esto se complementaba con una bebida llamada tepache y con mezcal, bebidas que se repartían a la gente que venían de Magdalena, Santa Lucía, La Lagarzona y otros pueblitos aledaños, agrega doña Valeria.

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