La noche de brujas

La Columna del Padre Ramón
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Este octubre, por el COVID-19 y todo lo demás, Halloween será diferente. Tal vez simplemente no será. Alegría de algunos. De esos que cada año se la pasan despotricando contra su celebración. ¿Por qué será? No podemos negar que en los últimos años ha aparecido más que conservadurismo, un cierto fundamentalismo en las opciones de vida. No contentos con sus propias decisiones, se las quieren imponer a los demás.

De cualquier manera, detengámonos unos momentos en el Halloween y hablemos de las brujas, que como dice un refrán gallego, “Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas.”(no creo en las brujas, pero de que las hay, las hay).

Y si hay brujas, pues a quemarlas en la hoguera.

¿Por qué por más de mil años esa fue la decisión de la gente? Muchos acusan la Iglesia de crear esta situación, pero el asunto es más complejo. Tal vez la parte más inocente de este enredo sea precisamente la Iglesia. Y eso no quita que en su nombre muchos y, sobre todo, muchas hayan sufrido la hoguera.

Todo arranca en la antropomorfización de Dios. O sea, en la imagen de hombre que proyectamos en Dios. Es cierto que hemos sido creados a su imagen y semejanza, pero en este caso se trata de hacer a Dios a imagen y semejanza del mezquino hombre. Cabe preguntarnos qué imagen tenemos de Dios para ver si se adapta a la que nos ha sido revelada por Jesús de Nazaret o si tenemos una imagen de Dios falsa.

Pues bien, en los poblados de la Edad Media tenían mucho cuidado de que sus habitantes estuvieran en paz con Dios no fuera a ser que si se enojaba se la cobrara a todo el pueblo en su conjunto y no solamente con el individuo afectado. Por eso era importante que todos en la población se portaran de una manera agradable a Dios.

Si alguien desentonaba, por su mala conducta o cualquier pecado, había que procurar eliminarlo antes que a Dios se le ocurriera eliminar al pueblo.

Así nació la maléfica Inquisición. ¿Era un brazo del poder de la Iglesia o del poder político de entonces? Se puede decir que era ambos. Tanto de la Iglesia como de las autoridades civiles.

Probablemente fue más usado para controlar los enemigos del poder político establecido que a los enemigos de la religión. Lo que no quita, en modo alguno, que ocurrieran muchos absurdos. Como la prueba del agua. Si eres culpable, flota, entonces te matan; si eres inocente, te hundes y entonces te ahogas. Era que una vez acusado o acusada no tenías escapatoria para demostrar tu inocencia.

Muchas pobres personas pasaron por las pruebas de la “Santa” Inquisición. Sin embargo, se considera este ser un problema de origen católico, ignorando que no solamente ocurrió entre los países católicos sino también en los de origen protestante, y que entre ellos aún fue mayor. La inquisición protestante mató más gente que la inquisición católica.

Casi todo el mundo conoce la historia de las brujas de Salem, pero pocos conocen que esos juicios inquisitorios fueron celebrados a partir del 1692 en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex en la entonces colonia inglesa de Massachusetts (hoy el Estado de Massachusetts, Estados Unidos). Como quien dice, en el patio de atrás.

Cuando una persona tenía envidia de otra y quería quedarse con sus bienes y hacienda, lo más fácil era acusarle de brujería ante la Inquisición. Cualquier lunar o mancha en el cuerpo era prueba evidente de que la persona acusada tenía pactos con el diablo.

Y si no se le encontraba ninguna mancha era que se consideraba tan fiel al diablo que éste no tenía necesidad de marcarlo. Así que de cualquier manera estabas perdido.
Hace unos años, por una de esas esquinas alrededor del templo de San Juan de Los Lagos encontré un par de puestos que ofrecían toda clase de objetos necesarios para brujería.

El olor no era nada agradable. Había animales y peces disecados, hierbas, raíces, etc. Los puestos eran atendidos por dos mujeres. Una de ellas, tengo que reconocerlo, me recordó a Hermelinda Linda. Sólo faltaba que anduviera por ahí cerca Aniceto Verduzco y Platanares.

Uno de los temas de Halloween que casi siempre se olvida es que se trata de “truco o susto”. Tricotear, decimos en el ingleñol que usamos por estos lados. Todos esos argumentos fundamentalistas que predican contra la celebración del Halloween le siguen el juego al mismo pues, en verdad, son de miedos, de pelos.

En lo personal, ninguno me convence. Sólo que esta noche me aseguraré de que mis pies queden dentro de la sábana y que pueda arropar mi cabeza completamente, no vaya a ser que el monstruo que vive debajo de mi cama me aguerre por los pies.

O el monstruo que vive en el armario se le vaya a ocurrir salir esa noche a pedir dulces.

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