Francia consigue su segunda estrella 20 años después

Ganó Francia, probablemente el fútbol que se avecina. Y si el futuro ya está aquí, trae a Mbappé a toda pastilla, como sucedió hace sesenta años con Pelé. Él le dio valor a centrocampistas de altos hornos como Kanté y Pogba. Y a centrales que valen como laterales (Pavard y Lucas) para borrar fronteras y complejos. Y a centrales de mucha fibra y buen pie como Varane y Umtiti. Y a un fabuloso Griezmann, reorientado a jugador total.

Habrá que acostumbrarse, que no es lo mismo que enamorarse. Una selección de más de 1.000 millones de euros metida en cintura por Deschamps, capaz de quitarle los defectos colectivos a costa de ensombrecer las virtudes individuales. Pero una selección campeona, al fin y al cabo, que quedará para la historia. Un equipo en mate que sucede al brillo de España y Alemania y un jugador, Mbappé, que aspira a la posteridad.

Ha habido cierta mezquindad en el juego de Francia durante todo el torneo. A la selección más valiosa no le ha importado vivir en cautividad durante muchos minutos, dándole la espalda a la pelota, esperando la distracción ajena, el balón parado y lo que se le ocurriese a Mbappé, de los pocos con luz propia.

Pero en un Mundial sin destellos le ha bastado para bordarse una segunda estrella en el pecho. Un estrella con un punto de polémica. Porque su primer gol, que en realidad fue autogol de Mandzukic, llegó producto de una falta imaginaria de Brozovic a Griezmann.

No entró ahí el VAR porque así lo establece el protocolo, pero sí luego en una mano intrusiva de Perisic a la salida de un córner que se le escapó a Pitana, cuya designación acabó en pinchazo. Griezmann lo convirtió en el 2-1.

‘Les Bleus’ aprovecharon las pelotas paradas y manejaron bien los tiempos, logrando cerrar el partido con los goles de Pogba y Mbappe en el segundo tiempo cuando parecía que los croatas estaban cerca del empate.

El partido reavivó por un error de Lloris que, muy relajado, le daba al Mandzukic el 4-2. Era peor que un “Karius” y dejaba solos a Courtois y Pickford como porteros del torneo. Deschamps metió a Tolisso por Matuidi, es decir, más control del balón para unos minutos raros en los que Croacia podía engancharse a la final. Porque bastó ese gol de Mandzukic para que Croacia volviera a darlo todo, ya con Kramaric dentro. En esos minutos, Modric dio un recital extenuado como quien dirige una orquesta que sabe que se hunde. Crocia no dejaba de hacer sonar, cada vez con menos fuerza, la misma melodía arrebatada.

Esa novedad es Francia: sus carreras de 60 metros, la zancada indefinible y desequilibrada de Pogba, la inteligencia de Griezmann para subordinarse o Kanté, interceptando como un ingenio de Boston Dymanics, todos encuadrados en el sistema de prudencia italianizada y necesariamente política de Deschamps, el enlace con aquel equipo del 98 que marcó el cambio de siglo.

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