Del Evento a lo Social

 

La Columna del Padre Ramón

Párroco de la Iglesia San Vicente de Paul, Petaluma

rpons@hotmail.com

Tal vez se pueda pensar que nos referimos al aspecto de la celebración de ciertos eventos que marcan la vida y su proyección social. En cierto modo creo que sucede igual en ambas circunstancias. Así cuando hay un nacimiento o una muerte, un cumpleaños o un matrimonio, tenemos por un lado el evento en sí, y por otro, su prolongación social usualmente en una celebración que por lo regular va centrada en la comida.

Pero no quiero referirme a ese tipo de eventos. Más bien quiero considerar los eventos que en los últimos días hemos vivido, que, aunque geográficamente alejados de nosotros, sus implicaciones nos afectan directamente.

La naturaleza nos está hablando a gritos. No podemos seguir indiferentes ni tampoco negando la realidad. Todo lo que hacemos tiene consecuencias. Lo que hacemos bien, tiene buenas consecuencias, lo que hacemos mal tiene terribles consecuencias. Negar el efecto que tiene en el clima y en el medio ambiente nuestras acciones, no creo que pueda pasar por desapercibido, cuando hoy más que nunca somos consciente de las diversas situaciones que se viven en cualquier parte del mundo.

Acá, en California, venimos de una sequía de cinco años donde no tuvimos lluvia suficiente para hacer frente a las necesidades de la comunidad. Hoy se puede decir que estamos en mejor situación que años pasados pero todavía no salimos del peligro.

Tres huracanes y un terremoto. Eso, si miramos al Atlántico, que en el Pacífico también estaba afectado por otros eventos al mismo tiempo. Katya, Irma y José. Tres huracanes que en cuestión de días afectaron la zona del Caribe Atlántico. Un terremoto 8.4 que afectó Chiapas y Oaxaca en sur de México.

Es deber recordar que no debemos ser alarmistas, que tampoco se debe recurrir a supuestas profecías bíblicas porque eso mismo sería un mal servicio a la Biblia. No nos estamos enfrentando al “fin del mundo” como si el planeta fuera desaparecer. En cierta manera nos enfrentamos al fin del mundo que conocemos y en que podemos vivir. El planeta seguirá su curso, pero los humanos debemos asumir nuestra responsabilidad y hacer la parte que nos corresponde si queremos dejar a nuestros hijos en herencia la tierra.

Después del huracán, el huracán social. Después del terremoto, el terremoto social.

Fíjese como los efectos del huracán que devastó Texas inmediatamente hizo subir el precio de la gasolina en California. Ahora imagínese las posibilidades de una familia que lo perdió absolutamente todo para reconstruir.

¿Alcanzará a lograr lo que antes tenía? ¿Será eso suficiente para proveer a sus hijos en el presente y poder garantizarles un futuro digno? Probablemente no.

Lo mismo se puede decir de las consecuencias de un terremoto. No es solamente el descontrol de la vida inmediatamente al evento, sino lo que queda: remover los escombros y reconstruir. ¿Con qué medios si se los llevó el viento? ¿Qué significa la ayuda que llega a esos lugares cuando las estructuras sociales son las mismas de siempre donde los pobres se hacen cada vez más pobres y los ricos más ricos?

Usualmente, tras eventos de esas magnitudes: la guerra, el terremoto, el huracán… se crean situaciones de oportunidades para la especulación y la injusticia. No se trata de que la ayuda sea mal repartida, sino de medrar ante la miseria humana.

Es por eso que la situación que se crea posterior al evento tiene consecuencia desastrosas directamente para la vida de los afectados y también, gracias al fenómeno de la globalización, para todos los demás. Ya no importa cuán lejos ocurra el evento. Las consecuencias sociales se notarán en todos los rincones del mundo.

Si a esto le añadimos el proceso ordinario de la inflación, de cómo la moneda va perdiendo su valor adquisitivo y cada vez se necesita más dinero para conseguir los mismos bienes que años atrás costaban menos, se puede decir que vamos a unas condiciones de vida en donde a todos nos tocará sufrir.

Cada vez va a resultar más difícil permanecer indiferente ante los problemas sociales, porque no solo afectarán nuestro patio sino que entrarán directamente a nuestras casas, a nuestras mesas y a nuestros bolsillos.

Es así que tras un huracán, viene el huracán social, tras un terremoto, el terremoto social. Cada evento de cierta magnitud termina afectándonos a todos de manera que necesitamos integrarlo en nuestras vidas y continuar hacia adelante.

Sin embargo, no podemos permanecer indiferentes ante tanta tragedia humana, sobre todo cuando algunas veces no solamente no buscamos soluciones sino que más bien somos parte del problema. La falta de solidaridad no es solamente un pecado social sino que ha llegado a ser un vicio que nos está comiendo a todos.

Si queremos un mundo mejor, debemos ser solidarios.

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